UNA MAÑANA EN EL TREN ELÉCTRICO
POR: Wiily Andrés Adauto Medina
7:20 de la mañana, el cielo está nublado,
parece que el sol se asomará avasallador. La ducha lugar preciso para matar
todo rezago de sueño. Un buen desayuno y salimos corriendo hacia el paradero.
El nuevo juguete de Lima: el Tren Eléctrico. La orientadora, identificada con un chaleco
verde, nos dice que esperemos quince minutos que no tardará en llegar y que por
ningún motivo crucemos la línea amarilla.
La moderna máquina llega, se detiene. Paradero
San Juan. Se abren las puertas y una multitud nos da la bienvenida. Subimos y
nos abrimos paso para tener una buena ubicación, si es que se puede. La
incomodidad se hace presente: el bochorno, los empujones a la llegada de cada
paradero; el hedor, mejor dicho el inaguantable olor, también nos visita.
De pronto, el recuerdo de aquellos años en la
cual uno viajaba colgado y aplastado, demorándonos casi dos horas para llegar a
nuestro destino, se viene a la mente; sólo que ahora es más rápido. Casi es la
misma historia y todavía se siente el caos de aquellos tiempos; creo que si no
fuera por los sensores, con su sonido
clásico, todavía estaríamos viajando colgados. Prácticamente cumple el papel
del típico cobrador ramplón que nos decía o mejor dicho nos gritaba: “Avance,
avance, al fondo hay sitio”, ahora lo remplaza la tecnología: los sensores.
De San Juan de Miraflores a Javier Prado en quince minutos vale la pena
y se soporta todo. Paisajes urbanos se observan durante el recorrido; un Tren
que ha cambiado la arquitectura tradicional de los distritos limeños, detalle
que lo convierte en un atractivo turístico urbano.
Son las
8:00, paradero La Cultura, Javier Prado. Se empieza a respirar aire fresco.
Bajamos. Detenemos una Custer que me
llevará a mi destino final, San Felipe.
Media hora después llegamos a la reunión de
trabajo, al filo de la 8:30. Nos ponemos a
reflexionar ¿el caos del transporte es un problema de la movilidad o del
usuario? Creo que en mi caso, intentaré despertarme
más temprano.
Paradero Javier Prado, imposible bajar. La hora punta.
No hay lugar ni para un alfiler.


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